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Una gran noticia: educarnos no hará que Chile sea más rico Opinión

Cuando la economía empieza a dudar de que la educación sirva para hacer más ricos a los países, es el momento de armarse de valor y defender la inversión en educación sin recurrir a ningún beneficio productivo: defenderla porque nos hace bien como personas, porque leer es divertido, porque alimenta la curiosidad y porque nos hace mejores ciudadanos, menos ignorantes, menos miedosos y más libres.


 

Por Marcela Ramos

 

Hace unos días, el economista Ricardo Hausmann, planteó en una entrevista que la agenda de reformas educacionales impulsadas por el gobierno de Bachelet tiene un problema de origen, pues surge de un supuesto equivocado: que educación y desarrollo están relacionados. Según Hausmann, quien a su vez cita los estudios de Lant Pritchett (¿Dónde se fue la educación?, 2001), la exitosa historia tras países como China, Corea, Taiwan, Tailandia, entre otros, muestra que tanto más importante que la alfabetización de la población o el acceso a educación superior es la cultura empresarial de las sociedades, y la decisión del Estado de apoyar por ejemplo el emprendimiento. Hausmann llega a decir: “La mayoría de las habilidades que posee una fuerza laboral, las adquiere en el propio trabajo. Lo que una sociedad sabe hacer, se sabe principalmente dentro de sus empresas, no en sus escuelas”.

Es bien sorprendente que un economista plantee que no hay relación entre educación y crecimiento, pues fue la propia Economía la que catapultó esta relación, le puso un nombre -“capital humano”- y la transformó en el alma de las políticas educativas de países como Chile, Estados Unidos, Inglaterra. Según esa teoría la educación es clave para que las naciones alcancen la prosperidad. Y si somos racionales (económicamente hablando) nos educaremos más, y de esta manera la pobreza se reduce y aumenta la prosperidad general.

El modelo educacional chileno se construyó bajo esa promesa. Se estructuró una “cultura de la evaluación” al interior de las escuelas chilenas (Falabella, 2014) y hubo ministros como Joaquín Lavín que promovieron políticas como poner colores a las escuelas según los resultados obtenidos en el Simce. En función de la promesa de que la educación nos iba a llevar lejos, se diseñó el Crédito con Aval del Estado (CAE) y se masificaron las universidades privadas y los institutos de formación técnica, pues más años de educación aseguraban un mejor ingreso y, en el largo plazo, más prosperidad colectiva.

Uno podría preguntarse, ¿qué tiene de malo que se haya incentivado la educación? Si finalmente resulta que la educación no es productiva, lo aprendido y lo leído no lo quita nadie.

Lamentablemente las cosas son más complicadas. Porque la teoría de capital humano no solo mostró un uso de la educación, sino que para alcanzar esa meta, la modificó  radicalmente de modo de hacerla más eficiente.

Las escuelas fueron transformadas en espacios especializados en seleccionar estudiantes, en excluir a los que no responden bien ni se adaptan al orden o, incluso, en echar a los que parece que tendrán problemas futuros para adaptarse y triunfar. Todos conocemos a padres angustiados por los procesos de selección de sus hijos en los colegios y sabemos de niños y niñas que desde los 4 años son rechazados porque no dicen bien una letra, porque no saben recortar, porque a la sicóloga del establecimiento le parece que puede ser un futuro niño problema. ¿Qué motivo hay en ese temprano rechazo sino el avizorar problemas de rendimiento, problemas que son importantes porque la prosperidad del resto está en juego? Pero ¿no era que la escuela era el lugar para aprender a decir bien la letra, a recortar, a superar los problemas? Pues no. La mirada económica aplicada sin piedad sobre los niños, transformó la escuela en el primer momento de la rentabilidad futura. El niño lento, hace lento el proceso del curso. Un curso de bajo Simce, baja PSU, no captura más clientes. Lo racional (económicamente hablando) es echar al lento.

La mirada económica también destrozó los contenidos de la escuela. Porque si bien en teoría la educación es rentable, es muy difícil correlacionar las horas leyendo poesía con el nivel de ingreso. Desde el punto de vista de la productividad, en la educación hay grasa y esa grasa en general son las humanidades y las artes. Con el ministro Lavín se aumentaron las horas de matemáticas y lenguaje (conocimientos útiles) y se disminuyeron las clases de música, teatro, arte, filosofía e incluso se propuso reducir las de historia (lamentablemente Ho-Joon Chang, economista de Cambridge -autor de 23 cosas que no te dijeron sobre el capitalismo- nos dice, en la misma línea que Hausmann, que tampoco hay correlación entre el gasto en matemáticas y la productividad de los países, de modo que las matemáticas también son grasa).

Todo esto ha impuesto nuevos valores en la educación que hacen parecer lógico que los colegios seleccionen a niños de 4 años como si fueran manzana machucadas, o receten Ritalín o Aradix a niveles por sobre la media mundial. Como resultado de la mirada productiva las escuelas chilenas no son espacios para integrar a los distintos y hacer comunidades respetuosas de las opiniones. Son espacios para memorizar la respuesta correcta, no para debatir y mirar críticamente eso que parece correcto y que muchas veces no es más que una versión sostenida por el poder.

Esta es la educación que tenemos ahora, un cuerpo de conocimientos sometido a mil cirugías estéticas para hacerla más productiva. Un esperpento. Y ahora nos dicen que en realidad la educación no nos lleva al desarrollo.

¿Qué hacer? ¿Deshacernos de lo que queda, porque no rinde? Espero que no hayamos llegado a ese nivel de locura, de racionalidad económica. Espero que todavía nos quede racionalidad democrática y usemos la noticia que nos trae Hausmann para rescatar lo que queda de educación. Ahora que la economía la deja a un lado (para concentrarse en quizás qué presa) volvamos a usar la Educación para lo que sirve: para ser mejores personas, para incentivar la curiosidad, para formar ciudadanos, para leer por placer y aprender matemáticas por gusto, para aprender a disfrutar con otras cosas que no sean la tele, para “perder” una tarde leyendo poesía. Para debatir sin pelear, para arrinconar la violencia. Y por favor, dejemos de hacer de la escuela la tortura productiva en la que la hemos transformado.

Por supuesto, los chilenos tendremos que buscar cómo ser productivos, porque la prosperidad es importante. Cuando hablamos de crecimiento económico hablamos de cómo arrinconar la pobreza. No es una opción. Buscar formas de aumentar el crecimiento es una obligación. Pero la noticia que trae Hausmann es que lo que la economía le ha hecho a la educación no ha hecho nada en contra de la pobreza. Y que habrá que armarse de valor porque ya no se podrá defender la inversión en educación diciendo que es rentable. Habrá que desempolvar argumentos que se habían dejado de lado, arrinconados también, como la formación de ciudadanos libres, críticos. Validar la educación en el debate público y político como la justa y necesaria búsqueda del placer al que todos tenemos derecho.

En Juegos de Mate creemos que, al final de cuentas, lo que dice Hausmann es una buena noticia.


Comentarios

  1. Clara Moreira Lecuberria dice: noviembre 2, 2015 at 5:16 pm

    Muy buen material sobre la educación, estoy muy de acuerdo.

  2. Horacio Lira Teillery dice: julio 18, 2016 at 4:24 pm

    ¡Excelente! No sé quién es el Sr. Hausmann, pero debe ser un buen economista; de esos que entienden que la riqueza del capital es siempre explotación del trabajo, y que su incremento depende de la posibilidad de esclavizar a quienes no tienen libertad ni más remedio que trabajar para apenas medio vivir y seguir trabajando.

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