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“La perseverancia se aprende” Entrevistas

Andrea Slachevsky es la autora del libro “Cerebro Cotidiano”, una compilación de sus columnas en la revista Qué Pasa en las que analiza los comportamientos sociales desde el punto de vista biológico y da luces sobre los avances en la neurociencia. En esta conversación nos recuerda que cuando aprendemos nuestro cerebro cambia, nos volvemos distintos. Pero para lograr eso es necesario esfuerzo, dedicación, constancia: procesos que la neurociencia llama “función ejecutiva” y que gobiernan el aprendizaje. Concentrados como estamos en entrenar a nuestros jóvenes para que pasen el Simce y la PSU, no le damos valor a esas habilidades más blandas. La omisión tiene graves consecuencias, dice Slachevsky, pues la cantidad de veces que un niño intenta algo, o la meta que se propone conseguir y el esfuerzo que pone en ello, son cosas que se educan. Su carencia afecta toda la vida, no solo la parte académica. “Hasta qué punto sigo intentándolo  es algo que se puede enseñar”, afirma.


Por Pía Torres

 

Hace unas décadas en Chile aprender de memoria era central. Tal vez porque se pensaba que todo lo importante estaba descubierto, o por que se veía a los niños como recipientes que había que llenar, el hecho es que estar educado se asociaba con “saberse” cosas tales como el procedimiento para dividir polinomios, las obras públicas de cada periodo presidencial o los ríos de tal y cual región. Durante los últimos años la importancia de memorizar ha perdido peso en la escuela y en los debates sobre qué se debe enseñar. La irrupción de la tecnología hace sentir que lo que sabemos se deprecia rápidamente y la idea de acumular información ha cedido terreno ante el desarrollo de habilidades que permitan descubrir, entender y aprovechar el mundo que viene.

Dentro de ese mundo que viene destaca la neurociencia, que ha puesto en duda muchas ideas que teníamos sobre el cerebro y la forma cómo aprendemos. La metáfora de que somos un recipiente que se llena con conocimientos ha quedado atrás. La neurociencia nos dice que el cerebro es un músculo mucho más complejo y plástico, que cambia físicamente a medida que aprendemos. Eso quiere decir que cuando entendemos algo, una nueva conexión se establece en nuestra cabeza. No nos “llenamos” con conocimiento sino que cambiamos para aprender. En un aspecto muy concreto, cuando entendemos algo somos otros.

No deja de ser interesante que esta ciencia haya revalorizado la memoria como una parte central de lo que somos y sin la cual no podemos proyectarnos. “El cerebro es todo memoria”, explica la siquiatra Andrea Slachevsky. Somos la memoria de lo que hicimos y de lo que sabemos hacer; somos la memoria de aquellas cosas en que fracasamos y de las experiencias en que tuvimos éxito. En el cerebro, la persona que somos y la que fuimos, están atadas. “Hay muchos estudios que demuestran que cada vez que revivimos un evento, a nivel neuronal es como si lo estuviéramos viviendo de nuevo, en presente”, dice Slachevsky. Y lo curioso es que en cada revisión modificamos el recuerdo, lo reconstruimos, lo “vivimos” de una nueva manera. Y nuestro cerebro va cambiando su forma en cada ocasión. El futuro también está atado a este proceso. Citando al doctor Daniel Schacter, Slachevsky remarca que “cuando imaginamos el porvenir, se activan las mismas partes del cerebro que cuando recordamos”.

La neurociencia nos presenta el cerebro como un gran sistema interconectado que se modifica todo el tiempo en función de la intensidad del aprendizaje. Ese sistema aprende de todo, sin parar. Su incesante actividad nos aleja de enfermedades neurodegenerativas. Sólo hay que una actividad en que el cerebro no reacciona, y los chilenos la practicamos demasiado: ver televisión. “Es la única actividad recreativa que ha demostrado que no protege al cerebro del deterioro” dice Slachevsky. Su hipótesis, que no está demostrada, es que la televisión da todo listo y no deja espacio para la imaginación. Imaginar en cambio, enciende fuegos artificiales en el cerebro.

La televisión pone a los padres ante otro problema. ¿Cómo hacer que los niños quieran saber con la misma intensidad con que quieren ver sus programas?  Cuando los padres se enfrentan a una mala nota intuyen que la calificación no es el único problema. Hay algo más de fondo y difícil de resolver, que tiene que ver con hacerlos interesarse en saber en qué se equivocaron, de modo que completen el conocimiento que falta. La mayoría de los padres puede hacer, a través de distintas estrategias (castigos, argumentaciones, premios) que los niños estudien. Pero pocos tienen claro cómo hacer que los niños sean responsables de sus aprendizajes de modo que quieran corregir sus errores, llenar sus vacíos, volverse crecientemente autónomos.

La neurociencia ha puesto mucha atención a una función del cerebro que está relacionada con este tema. Se la llama “función ejecutiva” y se vincula con procesos como la planificación, la constancia, la perseverancia, la flexibilidad para alternar entre distintos esquemas o patrones, entre otros. Estas habilidades blandas no son las que nos permiten aprender, pero son los procesos que controlan el conocimiento y por ello, según Slachevsky “son la base de todo el aprendizaje”. La neuróloga remarca algo central: “Lo interesante es que la función ejecutiva depende mucho del medio sociocultural”. Es decir, no es algo innato sino que se puede aprender, desarrollar. “Hasta qué punto sigo intentándolo es algo que se puede enseñar” dice Slachevsky. Así, si me rindo fácilmente no es porque yo sea así de nacimiento y sin vuelta, sino porque no aprendí a ser perseverante, a resistir al fracaso e intentarlo de nuevo. “La perseverancia se aprende con la función ejecutiva. Cuando está bien desarrollada te ayuda a continuar hasta lograr el objetivo”, explica Slachevsky. Y detalla:

“La función ejecutiva es la capacidad de adecuar el comportamiento al contexto. Es lo que le permite, por ejemplo, saber que si estás en tu casa y ves una manzana te la puedes comer, pero no puedes comerte esa misma manzana si la encuentras en la casa de un desconocido y no le has pedido permiso a nadie. Es la adaptación del comportamiento a diferentes contextos pese a que esos ambientes se parezcan”, explica la científica.

Slachevsky señala que esta función se puede aprender tanto en la casa como en la  escuela. Lo importante es que alguien las enseñe, pues su ausencia tiene consecuencias. “Un estudio de la Unesco muestra que la función ejecutiva tiene una gran incidencia en el rendimiento académico. En ese estudio se tomaron dos colegios; en uno se enseñó a los niños el desarrollo de las funciones ejecutivas y en el otro no. ¿Sabes qué pasó? Tuvieron que parar el experimento porque los niños a los que se les enseñaba la función ejecutiva tuvieron una mejoría notable en la adaptación, por lo que no era ético seguir desfavoreciendo a los niños del otro colegio donde no se enseñaba eso. Tuvieron que detenerlo todo”, cuenta Slachevsky.

Una de los aspectos que resalta la idea de la función ejecutiva es que no podemos aprender sin esfuerzo. ¿Pero a dónde debemos dirigir ese esfuerzo?

-Te tienes que concentrar, tienes que tratar de hacer asociaciones. El tiempo de estudio para aprender es fundamental y probablemente hay que repetir lo leído, re entenderlo, comentarlo, analizarlo.

Marcela Bitran, doctora en sicología de la Universidad Católica también remarca la importancia de la repetición en el aprendizaje. Pero esa repetición tiene como objetivo no sólo memorizar sino que aprender mediante la constancia, la corrección del error.

-Exacto, en todas las cosas que se quieran aprender se necesita esfuerzo. Las cosas no entran por osmosis. Y el error facilita el aprendizaje.

La idea es que uno aprende sobre los temas en los que se involucra, en los que se sumerge. “Una cosa que está bastante clara es que los niños aprenden a través del lenguaje, porque están inmersos en el lenguaje. De hecho uno nace con la capacidad de aprender todas las lenguas y al poco tiempo pierde esa capacidad y aprende la lengua materna, porque estás inmerso escuchándola”. Todo lo que aprenden, entonces, se aprende a través de estar allí, mediante el ensayo y error.

Si se insiste lo suficiente, esos aprendizajes se vuelven permanentes, y eso quiere decir que nuestro cerebro ha desarrollado nuevas conexiones. El cerebro físicamente cambia. “Los estudios en animales son increíbles, aparecen brotes de las dendritas”, explica Slachevsky.

La pobreza, que hace difícil tantos aspectos de la vida, también tiene un impacto en este tema. “Hay estudios que muestran que en hogares desfavorecidos socialmente, los niños tienen menos desarrollada la función ejecutiva”, explica Slachevsky. Por qué? Porque una de las formas en que se desarrolla esta función es aprendiendo a regular el comportamiento, respetando las reglas, aprendizajes que se hace en gran medida en la casa. El problema es que en los sectores más pobres, dice Slachevsky  “los padres trabajan todo el día y los niños están solos ¿Dónde aprenden las reglas? Del entorno en que viven. Y si ese entrono es malo, tendrán mayor tendencia a los males que tenga ese entorno”.

Agrega que “si en verdad uno quiere tener un sistema que disminuya las brechas sociales sí o sí tiene que incorporar en la escuela el desarrollo de esta función y no pensar que todo va a venir del hogar. Un buen desarrollo de la función ejecutiva incide en tener una vida adaptada y también incide en lograr tus objetivos a lo largo de todo tu ciclo vital. Entonces no proveer ese aprendizaje a todos los niños es crear una situación de desigualdad bien importante”.

En ese sentido Slachevsky no ve la pobreza solo en su falta de recursos materiales o de respecto de los derechos. La ve manifestarse también en la carencia de habilidades para adaptarse. “Estamos creando también guetos de adaptabilidad. Por eso la pobreza es mucho más seria de lo que nos plantean. Uno no puede dejar que esta enseñanza sea un problema solamente de la familia, porque si la familia, por distinto motivos, no puede brindar esa formación ¿cuál va a ser el devenir de esos niños? Si no nos hacemos cargo de esa pobreza más sociocultural, vamos a seguir viviendo en guetos. Tenemos que hacer algo, básicamente la pregunta es si queremos seguir viviendo en una sociedad cómo la que estamos viviendo ahora con una gran inequidad, o queremos una sociedad en la que nos respetemos más. Y el problema es que todo se concentra en acceso a recursos físicos, alimentación, calefacción y no se piensa en la pobreza sociocultural”, concluye.

 

Edición: JAG

 

TAPA

Libro: Cerebro Cotidiano

Editorial: Lom Ediciones


Comentarios

  1. Ingrid León dice: diciembre 2, 2015 at 10:42 am

    Muy bueno, y es muy necesario en estos días,instruirse para educar a nuestros hijos.

  2. interesante perspectiva sobre el cerebro y el conocimiento!

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