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“Crecí pensando en que si yo pintaba dentro de un cuadrado iba a estar segura” Entrevistas

Ordenados como un diario de vida, los capítulos de “El diario de Noelia” (ediciones Edebé) reúnen recuerdos cercanos de algunos hechos traumáticos ocurridos durante la dictadura en Chile: el secuestro de Rodrigo Anfruns, el caso Quemados, o ese pánico helado que cayó sobre Santiago la noche del atentado a Pinochet. Revisadas por una niña de 12 años, las noticias pierden dramatismo e instalan preguntas sobre los miedos y silencios que rodean esa época. Ello, de la mano de una escenografía armada con guiños ochenteros: los sábados planos de Sábados Gigantes; el acto cívico en las escuelas; los almuerzos con la cortina de “el diario de Cooperativa está llamando”. Bernardita Muñoz, autora de “El diario de Noelia”, ha escrito 30 libros infantiles, algunos de los cuales están entre las lecturas de los cursos básicos de las escuelas chilenas: “El Pulpo”, “Los lunares de Lía”. En el epílogo de “El diario de Noelia”, Bernardita propone preguntas y reflexiones significativas para quienes hoy son padres o tías y les toca la tarea de explicar lo que es una dictadura a los niños.


Por Marcela Ramos

Este es un libro que promete varias conversaciones con los hijos y con uno mismo, sobre todo si uno fue niño en el Chile de los 80′. La primera conversación trata sobre crecer en un país en dictadura y es, sobre todo, un relato de hechos. La segunda es un diálogo más complejo: vivir en dictadura pero experimentarla desde las contradicciones de una clase media alta que se mueve entre el temor reverencial que encarna la figura del abuelo pinochetista y las inquietudes o nociones de justicia/injusticia que irrumpen de la mano de noticias que ponen sobre la mesa los espantos de vivir en estado de sitio. Ese lado oscuro del mundo, aquel que la clase media prefiere no ver (como buena clase media), está representado en esta historia por la voz de la nana: la mujer brazo derecho de la dueña de casa, quien está siempre con los niños, y a quien le toca hablarles de lo que los padres ochenteros no hablan: valores y temores. La tercera conversación es una mezcla de las dos anteriores y está muy cerca de ser un ejercicio terapéutico: intentar racionalizar lo que fue la dictadura no desde los recuerdos sino contrastándola con las seguridades del presente, para proponer que al miedo -la desconfianza, la falta de conversación- hay que mirarlo de frente, para así quizás dar vuelta la página y empezar a hablar. Bernardita Muñoz, sicóloga, PhD en Educación y autora de este libro, ha intentado muchas veces hacer este ejercicio, y cree que los hijos son un excelente punto de partida para llevar adelante este proceso. Bernardita vive hace casi 10 años en Inglaterra y reconoce que un elemento central que le ha ayudado a revisar su historia es justamente eso: la sana distancia con Chile y la experiencia de educar en contextos donde las relaciones al interior de las escuelas intentan ser más democráticas.

-El diario de Noelia es la historia de una niña que crece en Chile durante la dictadura de Pinochet, como tú. ¿Qué significó esa experiencia?
-Yo creo que la dictadura, independientemente de si uno estaba o no a favor, es un trauma y como trauma tendemos a no hablar de ello. En mi caso de pronto me di cuenta de que estaba criando a mis hijos en el extranjero y que ellos no entendían algunas cosas que eran propiamente chilenas. Entonces entendí que eso tenía que ver con este trauma, y quise encontrar una forma de contarles mi historia… Empecé a trabajar básicamente el miedo y el silencio. Porque yo creo que todas las personas que crecimos en dictadura lo hicimos con miedo a expresarnos, a participar, a lo que podría pasar…

-No hay víctimas directas en tu familia ni allanamientos en tu barrio. Sin embargo ves una huella de esa época en ti…
-Yo no me considero una víctima directa de la dictadura, pero si indirecta, en el sentido de que cargamos con un montón de miedos, incluso en las fantasías. El contenido de lo que estaba pasando en Chile en ese momento se coló en el inconsciente. Entonces para mí tuvo que ver con un trabajo con mi propia autocensura. La literatura te enseña que hasta los procesos más globales tienen una versión individual. No puedo contar la historia de un papá degollado. Pero sí puedo contar la historia de los que estábamos en las sombras. Eso fue muy potente. Cuando me empecé a dar cuenta de que cosas que eran muy normales para mí, no lo eran necesariamente…

-Por ejemplo…
-Por ejemplo, no hablar de política. O que lo que se hablaba en casa no se podía repetir afuera. En mi casa había contradicciones con este abuelo que era de derecha y nadie se atrevía a pararlo. Escuchar del caso quemados o del caso Anfruns y que eso se colara en la vida que estábamos viviendo pero sin una estructura… Yo viví la dictadura como un terremoto: algo que ocurre, y ante lo cual hay que enfrentarse y volver a armarse. Pero me costó mucho encontrar la voz para narrar esto. Eso tiene que ver de todas maneras con un trabajo más de adulto. De mirar la historia y el pasado, y empezar a encontrar mi propio relato. Y eso a su vez tiene que ver con la crianza en el extranjero. Yo creo que si me hubiese quedado en Chile, no le habría encontrado tanto sentido a este libro. Para mi tuvo que ver también con tomar distancia de la historia, de mi clase, de mi posicionamiento, que no es el de una víctima directa pero si la de todos, porque todos fuimos afectados.

-¿Es mucha la distancia entre tu infancia, tu experiencia escolar, y la de tus hijos?
-En “El Diario de Noelia” el colegio es una expresión del sistema político. Aunque no lo tendemos a ver así, lo es: lo que aprendes en el colegio, cómo hay que desenvolverse, cómo se resuelven los conflictos, tiene que ver también con el proyecto político de un país. Y eso lo empecé a entender, por oposición, en mis niños, que están creciendo en Inglaterra y van a un colegio donde se realiza una Asamblea y se juntan y discuten temas y dan opiniones, y se valora el respeto a los demás. Esas experiencias mi generación no las tuvo. Nosotros teníamos actos cívicos, respeto a los estandartes, y espacios donde la disciplina, el orden, el uniforme, el estar callado, escribir sobre la línea y no salirse del margen, eran cosas muy importantes. Yo crecí pensando en que si pintaba dentro de un cuadrado iba a estar segura. Y entonces es muy fuerte cómo se interioriza eso y finalmente soporto ese sistema.

-¿Qué tres cosas de la educación inglesa o de la experiencia de ser apoderado en una escuela pública inglesa te llaman la atención?
-Lo primero súper importante, para mí, es que allá soy inmigrante y miro desde afuera. Aquí, en cambio, yo estaba en el centro de una posición más acomodada, de clase. Yo al posicionarme en el margen logro mirar mi vida con cierta distancia. En cuanto a las escuelas, en Inglaterra veo mayor coherencia entre los discursos y las prácticas, entonces la escuela forma para la sociedad que se quiere construir. Acá en Chile, en cambio, la escuela está tremendamente estratificada y segmentada, porque eso es lo que queremos los chilenos, pero el discurso es contradictorio. Entonces acá es más fácil perderse, porque las palabras y los actos no están en la misma línea. En términos de política, me di cuenta de que al final todo es política: la literatura, la educación…

-Admitir que la política es relevante es algo que las clases medias acomodadas se resisten a hacer, sobre todo en países como Chile, y esa es otra forma de evitar discutir sobre ideas y valores…
-Yo no lo había visto hasta ahora. Este es el libro número 30 que publico, y es primera vez que me propongo hacer algo más político, aunque es un tema que no está ajeno a mis publicaciones, a las cosas que valoro, al poder que le doy a los niños, a la importancia que le asigno a la redistribución de poder entre adultos y niños.

-¿Cómo llevar ese terreno de reflexión a la cotidianeidad familiar, o con los hijos? En el libro, por ejemplo, Noelia dice: ‘me gustaría aprender y conversar sobre la dictadura, me gustaría preguntarle a alguien pero no se me ocurre a quién’. Noelia termina hablando de estos temas con la nana…
-Sí porque los papás, al menos lo que ocurría en mi familia, te tratan de proteger: ‘mientras menos sepa, está más protegido’.

-¿Y cómo has trabajado la conversación con tus hijos?, porque tampoco es sentarse y decirles ‘bueno hijos, hoy vamos a hablar de la libertad…’
-Yo creo que el miedo impedía que conversáramos y yo puedo tratar estos temas sin miedo, sin miedo a que mis hijos den una opinión, sin miedo de ser escuchados y tomar una posición y participar. Yo creo que el silencio era un placebo como el olvido, como tomar distancia y no enfrentar. Esa fue la postura de mi familia y de mucha gente, como de mantenerse alejado de este problema, como que esto es algo que les ocurre a otros. Con mis hijos la crianza es muy distinta. Podemos conversar y cuando no hay miedo tú das tu opinión, puedes estar equivocado o no, y eso lo que yo busco con los niños: mostrarles que tengo una posición, que a veces es contradictoria, que no es muy clara, pero más o menos la tengo. Y que ellos pueden disentir, o no, o construir otra cosa. Ahora también hay que tomar en cuenta que vivimos en otro mundo, con acceso a nuevas tecnologías que dan otro tipo de herramientas. O sea, si Noelia hubiese nacido hoy, podría haber escrito “dictadura” en google. Entonces también es una etapa pre nuevas tecnologías, que te dan un acceso al conocimiento muy distinto. Antes eran mucho más importantes las figuras de poder. Yo creo que con la dictadura, el pequeño dictador que habita en cada uno de nosotros se fortaleció. El padre tiene mucha fuerza, o la madre, el director del colegio, el abuelo, que en este caso además representa el apoyo financiero.

-¿Qué edad tiene Noelia?
-Es como preadolescente, 12, 13 años. Es ficción, tiene que ver con como yo recuerdo haber vivido esos momentos que me marcaron. Todos los libros infantiles tienen dos públicos: el infantil y el adulto. Pero este especialmente, para los que éramos niños en la dictadura, y para los que son los hijos de esos niños, porque hoy para esos niños puede ser difícil entender a los adultos sin saber que pasamos por la dictadura, para el lado que se hayan ido.

-Hay escenas fuertes en el libro. Recuerdo un diálogo entre la madre y Noelia, cuando la primera advierte a la hija: ‘cuidado con los sapos, con los soplones, hay miles de ojos que nos vigilan, hay millones de personas que en las sombras apoyan esta dictadura delatando a los vecinos’. Esa es una frase dura. Yo no sé cuánto se ha investigado en Chile la relación entre la delación y nuestra característica desconfianza… ¿Por qué abordaste ese tema?
-Yo creo que es importante preguntarse ‘dónde estaba yo’ o ‘cómo apoyé para que esto siguiera así’. Porque una cosa es hablar de violencia organizada, de terrorismo de Estado, etc. Pero esto fue una dictadura militar con apoyo civil, con apoyo por muchos años. Los cómplices pasivos, que son los que mantenemos los sistemas. Para mí eso fue una tremenda reflexión que tiene que ver con la distancia… Yo crecí escuchando esas cosas. O sea, mis papás nos decían ese tipo de cosas. No hablen, porque no sabemos si estos son hijos de no sé quién. Podíamos hablar adentro de la familia más nuclear, pero el silencio era algo enorme. Entonces al final el único espacio de libertad era callarse. Y yo creo que eso es súper fuerte, y para mi es sanador reconocer eso de que de alguna manera uno igual es partícipe, aunque te restes, aunque no estés. Aunque mi posicionamiento yo no lo pude elegir, porque era una niña, creo que es importante elaborarlo, reconocerlo como tal. Aceptarlo. Sanarlo.


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